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Lo veía casi todos los sábados cerca del mediodía cuando llegaba al mercado. Estacionaba el auto con mi madre sentada del otro lado del conductor en algún lugar cercano a la puerta de entrada del Viejo Mercado Spinetto en Buenos Aires, que cubría una manzana íntegra y surtía prácticamente casi todas las necesidades de la clase media baja.

Un Mendigo llamado Jesus


En el viejo mercado Spinetto

  • Un huérfano desde niño

Lo veía casi todos los sábados cerca del mediodía cuando llegaba al mercado. Estacionaba el auto con mi madre sentada del otro lado del conductor en algún lugar cercano a la puerta de entrada del Viejo Mercado Spinetto en Buenos Aires, que cubría una manzana íntegra y surtía prácticamente casi todas las necesidades de la clase media baja.

Fue creado por mercaderes italianos allá por el año 1894, ocupaba toda una manzana delimitada por las calles, Alsina, Moreno, Pichincha y Matheu y muy pronto el barrio comenzó a poblarse de inmigrantes de diferentes países y tanto puesteros como changarines solían vivir en el primer piso.

Parecía como que él esperaba que yo pasara por delante y nos miráramos, hasta que un día lo saludé con “Buenos días” y me contestó de la misma forma y así fue como comenzamos a cruzar algunas palabras.

El, ¿cómo era? Describirlo después de unos años de haber vivido esas mañanas típicas de gente barullera que se empujaba para adquirir la mejor mercadería, resulta difícil y más aún cuando mis ojos cansados por los años se entrecierran y una sonrisa de añoranza y tristeza debe reflejarse en mi rostro pensando que habrá sido de sus huesos.

Si bien era un hombre no muy entrado en años, unos cincuenta y pico, su aspecto de ropas harapientas y la suciedad corpórea lo magnificaban dándole un aspecto de santidad luminosa por sus ademanes y la sabiduría de sus palabras. Bien sabía él, que el camino emprendido al tomar la decisión de vivir en la calle y de la caridad de algunos humanos era duro de sobrellevar, el desembarazado atrevimiento le permitía llevar a cabo muchas actitudes transgresoras a las costumbres culturales que le llenaban de satisfacción cuando salía airoso.

Viejo Mercado Spinetto de Buenos Aires
Viejo Mercado Spinetto de Buenos Aires

Recuerdo que me relataba las disputas por el lugar físico - con inspectores municipales y agentes de policía o alguna que otra anciana vecina cascarrabias - sito en un espacio amplio que había sido tapiado donde seguramente hubo un gran portón de acceso teniendo de fondo una vetusta puerta de hierro donde él solía colgar sus pertenencias; como así también su pretensión de ser el único amo de un can “el Chicho” que lo cuidaba de los malandrines nocturnos que merodeaban el lugar. Esto era dudoso en cuanto a la pertenencia porque la disputaban con Juan sin lograr creerle a ninguno de los dos acerca de la aparición del animal en sus vidas. La conclusión a la que llegué es que éste apareció un día mientras dormían y los adoptó a ambos.

En otra oportunidad me relató que lo molestaba frecuentemente la “cana” de turno que pasaba con el auto patrulla parándose en doble fila y sin bajar ninguno de los dos le gritaban, según él, para entretenerse amenazándolo con guardarlo en la “gayola” y sacarle al perro, que no era un perro cualquiera por supuesto, sino un guardián de fierro – ellos lo sabían - ya que pasaba toda la noche despierto y durmiendo de día excepto cuando ambos salían a “pedir” quedando el “hermano Juan” al cuidado de todo.

Cuando al fin, después de todas estas quejosas charlas circunstanciales y las despedidas cada vez más afectivas, entramos en una cálida amistad de relatar ambos nuestras vivencias, siendo en varias oportunidades escuchadas a medias por Juan dado que era casi totalmente sordo.

Solía llevarles algunos trozos de budín u otra comida para convidarlos mientras les contaba lo ocurrido durante la semana y destellaban como luces sus ojos vidriosos para descubrir que manjar guardarían hasta el anochecer, que era el momento en que junto a otros dos compartían lo habido durante ese día.

Y así sucesivamente fui conociendo las vivencias de Jesús, mientras mi madre esperaba ansiosa que dejara de conversar puesto que ella veía con disgusto la parada casi obligatoria y luego de una extensa charla al regresar cargada de las compras, ambos me ayudaban en el acarreo hasta el baúl del auto. Ellos la miraban con curiosidad y la saludaban aunque mi madre ni solía sonreírles dado que no comprendía como me rebajaba a entablar una conversación con individuos como “esos”.

Y así llegó el día en que hablamos de su abandono y desapego, casi sin tener motivo me contó que era huérfano desde niño y varios hogares sustitutos lo dejaron sin lugar fijo y a la deriva. Fue en esos años de chiquillo cuando sintió la soledad, una intensa soledad que lo llevó un día amanecer viviendo dentro del Mercado Spinetto. Allí podía comer y despertarse cuando quería, y poco después de haber recibido su primera paga semanal se sintió como un Rey, un ganador.

Ese lugar era su reino a pesar del aire cargado de un olor indefinido de grasa y suciedad, una visión teñida de neblina grisácea que la luz del amanecer dejaba entrever a través de los sucios cristales en los techos de chapas acanaladas, Entonces, trepando a una pila de bolsas de papas, subió hasta la más alta y proclamó su alegría de vivir entre tanto silencio rodeado de conejos, gallos y gallinas enjauladas, verduras y frutas, huevos y dulces, quesos y galletas, manjares muy prontos a sus manos que saciaban cualquier estómago de niño. Aquel instante de perfecta armonía, aquel éxtasis lo sumió en la Otredad. Recuerda aquel instante como el de mayor felicidad de su vida.

Continuó trabajando en distintos puestos y creciendo en responsabilidades, no así en cuando a sus relaciones íntimas, las que dan sentido a la vida y por carecer de madurez emocional no pudo concretar una familia por su tendencia al alcohol que lo hizo pendenciero. A partir de allí, comenzó a desarrollar su capacidad de estar SOLO teniendo en algunas ocasiones miedo y en otras el deseo que gradual, según me expresó, lo cubrió de seguridades, tal así que muchos le requerían su consejo ante cualquier dilema.

Esta capacidad de estar solo le había vinculado a la comprensión, necesidades, sentimientos e impulsos más profundos de uno mismo y los seres humanos. Había obtenido conocimientos sobre filosofía y literatura por haberse desempeñado como vendedor de diarios, libros y revistas que ansiosamente leía en el kiosco cercano al Mercado y continuó como changarín pero su adicción lo llevó con los años a perder su trabajo y se apegó a esa calle, esa vereda, ese paredón y después qué? .Como solía decir, nadie lo sacaría del lugar, era su pilar de sustentación con las relaciones interpersonales. Al dejar de trabajar había perdido las figuras familiares que solían proporcionarle reconocimiento y afirmación.

Recuerdo que en muchas oportunidades citaba a Aristófanes diciendo que el amor es simplemente el nombre del deseo y la búsqueda de la totalidad. Las criaturas que pueden llamarse felices son las que más o menos están perfectamente adaptadas a su entorno, sensación de paz extática y de unidad interior. Me contó también que había abandonado la fantasía que el hombre maneja para iluminar de poesía su vivir, por tal evadió el satisfacer únicamente sus deseos y se volcó a la realidad que le ofrecía el entorno, que ya no jugaba ni fantaseaba.

Jesús no era un mendigo común, no mostraba ni sentía su miseria como desgracia....el desapego era un privilegio porque sostenía que la vida le había negado casi todo y no había podido construir otro destino. La base de su “pedir” era una expresión de derrota, mostraba cansancio sobre los hombros y un mirar brilloso y penetrante pero lleno de humildad sobrellevando con resignación su indigencia.

Casi siempre citaba a un sabio griego que decía “Aquel que a sí mismo se culpa de su infortunio ha entrada en el camino de la sabiduría, pero aquel que no se culpa ni a sí ni a los demás es perfectamente sabio”

Y así, se cierran en mi memoria aquellos recuerdos de muchos sábados por la mañana.

Fin

Norman Own

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