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Fantasías - Me acerqué a la ventana, el panorama desde el primer piso permitía ver un gran espacio verde y al fondo árboles frondosos que marcaban el horizonte.

Relato de una Inválida


Fantasías

Me acerqué a la ventana, el panorama desde el primer piso permitía ver un gran espacio verde y al fondo árboles frondosos que marcaban el horizonte.

Ese era mi horizonte porque mi enfermedad no permitía otro que ese y mi depresión me llevaba a fantasear junto con mis recuerdos, todas las tardes, una nueva historia acerca de esa campiña.

Esta era una tarde lluviosa, que si bien no muy luminosa; el brillo que la lluvia marcaba sobre esas diferentes gamas de colores verdes y marrones junto a los negros de los troncos, una amalgama triste y pesada de un atardecer que me indujo a pensar en esa casa cercana, de la cual no quedó nada más que los despojos vivientes de cemento después del incendio.

Nunca pude saber cuantas personas vivían en ella, pero sí que nadie subsistió a esa noche, en que el resplandor de grandes llamaradas que se aproximaban a mi ventana y el humo con que  envolvió mi finca, cubrió todo rastro de aquella tragedia.

Me despertaron los gritos y el ulular de las sirenas. Más tarde pude escuchar las mil y una conjeturas, alaridos y consultas, respuestas que no produjeron certezas acerca del hecho.

Y entonces, comencé a recordar cuantas veces había visto a sus cambiantes moradores. La supuesta Juliana, la propietaria, de quien decían era una “bruja” fue mas tarde reconocida como una buena mujer que albergaba a todo joven o jovencita que sin hogar fijo era reconocida como “recogida” por esa Santa Mujer, quien solía recalcar previamente al “recogido” que tenían una obligación para con el hogar que sanamente se le ofrecía.

Es por ese motivo que mis tardes se vestían de colores, excitación y entusiasmo,  cuando observando con interés insidioso trataba de descubrir quienes eran esas personas que continuamente vagaban por los alrededores, conociendo por chimentos de los sirvientes algunos nombres o apodos de los susodichos. Por supuesto que eran “reconocidos” por sus vestimentas o idiosincrasia dado que populaban casi todas las razas.

De esa manera, fui abriendo un abanico de relaciones o supuesto árbol genealógico en numerosas oportunidades de los habitantes de esa casa, pudiendo destacar las habilidades u oficios de cada uno de ellos.

Recuerdo cuando por primera vez, pude encontrar en la figura de un joven galán esbelto desdibujada entre  andrajos a Idelfonso, al cual vestí con ilusión de futuro “caballero azul”, danzando junto a él durante muchas noches entre mis almidonadas sábanas y los perfumes inconfundibles de las nomeolvides y azares en esas cálidas noches de estío.   

Muchas veces se acercaba a la verja mirando mi ventana, no cabe duda que algo supiera acerca de mi desventura. Pero al pasar los días y no verlo, fue cuando descubrí que otra cara me observaba a través de las glicinas. Era una niña pequeña por la altura de su rostro desde el piso y por supuesto que jugamos muchas tardes a las escondidas sin emitir palabras porque al buscar su rostro entre las flores, yo levantaba el brazo cuando la descubría.

Pero, quien realmente me llenó de afecto, fue una viejita encorvada que al descubrir mi figura, me hizo llegar una hermosa manzana que con certeza habría sido su tesoro desde el primer bocado. Así comenzamos una afectuosa relación con el solo mirarnos todas los amaneceres y despedirnos al caer el sol cuando la veía llegar cargada de bolsas, que muchas veces depositaba para descansar camino del “hogar”.

Ella solo se paraba muy cerca del asarero, depositaba lentamente sus pertenencias, levantaba sus ojos y me buscaba para despedirse agitando su pañuelo con fuerza para que yo le golpeara el vidrio avisándole que la despedía hasta el próximo día. Esta despedida nos provocaba (de acuerdo con mis sentimientos) una añoranza de contactos como asimismo revocar día a día ese sentimiento de reconocimiento humano que ambas necesitábamos.

En cuanto a la “bruja” Juliana nunca la visualicé, pues solo sentía comentarios o dichos que nada la favorecían al ser sentenciada de supuestos fraudes con que manejaba sus economías y la pesada carga que imponía a los moradores cuando los penaba con “trabajos oscuros” que solo favorecían aquella fortuna escondida que todos desean encontrar en los alrededores. La identificaban como una mujer con excesivo peso, cabellos largos recogidos como lo suelen usar las gitanas, faldas largas y de aspecto mugroso.

Su quehacer diario era cocinar para esa cantidad de recogidos únicamente para cenar, considerándose que solía dormir hasta bien entrado el mediodía. Se murmuraba que por las noches deambulaba por la finca con los perros y desaparecía entre los matorrales, transformándose como si fuera una sombra para luego aparecer acostada en su cama junto a sus fieles guardianes.   

Y, fue aquella mañana en que me acerqué como siempre a la ventana y pude ver entre los árboles, ese resplandor luminoso del sol a través de las hojas. La extraña casa que como siempre se dibujaba en los fondos de la finca se mostraba “oscura” porque las tejuelas habían tomado un color grisáceo-negruzco con el pasar del tiempo; lluvias y nevadas, ventiscas y resaca de tierra y barro cubrían paredes y techos, los agujeros de las ventanas con vidrios rotos tapadas por chapas ofrecían un aspecto lamentable al lugar. Todo esto sumado a un incontable número de objetos, trastos varios, alguno de ellos rotos o enmohecidos de épocas remotas se encontraban desparramados en ese bosque de flores silvestres, arbustos y árboles añosos que hacían infranqueable el lugar.

Entonces, dirigí la mirada a esa hermosa pared verde cubierta de flores blancas, la corona de novia marcaba su esplendor, un movimiento lento llamó mi atención y entre ella visualicé una figura......y así di comienzo a un nuevo día.

F I N

Norman OWN

Hermoso cuento

Me encantó Norman!!

Hugo

Juanita Colomer 25-9-2008 17:53:

El regalo de un cuento

Norman tu cuento me gustó mucho. Es triste, juegas con las luces cambiantes durante del día a través de los árboles y sugieres más de lo que cuentas. Gracias por contarnos un cuento, ahora que nos dicen que somos adultos mayores. Juanita Colomer /CHILE

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