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Que Mierda estar Viejo


Es bueno caminar

  • Abuelo donde estás?

¿Que cómo me siento? Diría… ¡para el carajo! ¡Caminar para el corazón, las articulaciones y los huesos, la digestión y la memoria. ¡Y no me acuerdo qué más! Ah, pero es bueno, caminar y caminar. Si en cada paso, oigo hasta el crac, crac de las coyunturas y los juanetes me pinchan como tenedor nuevo. De bronca pateo una botella y me tropiezo con una baldosa rota . -¡Eh, Abuelo. ¿Está bien? –dice uno.

-Si, por supuesto que sí, pibe – respondo enojado ¡Ya estoy bien, soltáme! ¿querés? Soy malhumorado desde que recuerdo. Me arreglo solo, solito y solo, con una mina y no de a tres ni de a cuatro.

El ir y venir de la gente me aburre. Me duermo sin hacer nada en el banco de la plaza. Cuando me levanto, mi esqueleto se afloja, me mareo y no veo un zaguán para orinar… o para arrinconar a una mina! ¿Qué pasó con el romance, la ternura de temblar en un abrazo y susurrarle al oído los deseos más íntimos…? O aquellas esperas y verla llegar y comprarle una flor, sin que te vieran.

¿Qué pasó con el macho en el boliche? Con los chochamus y las copas de más por algún desengaño.

-¡Abuelo! ¿Lo ayudo a cruzar? – dice una voz.

Hago como que no la oigo. ¡Pero, la puta… si puedo con el bastón! Y miro al cielo para ver el sol. ¿Por qué piensan que estoy indeciso? ¿Que no acierto el cordón?

Confieso: muchas veces me apoyo en la pared para seguir viviendo.

-¡Espere, que le dejo el asiento! – otra voz.

¡Me revienta que me lo den! ¡Me miran como si ya fuera finadito! Si todavía pienso, me emociono y cago solo. ¿Con qué cara me mirarán cuando esté boca arriba? Certificarán que estoy muerto y lamentarán el deceso. ¡Mentirosos, si no saben nada de mí! Los amigos murieron y sólo quedan conocidos en la plaza para jugar al mus. Por plata que no alcanza, entonces comienza el debo ¿Qué te debo? ¿No te acordás, viejo, lo que me debés? Si perdiste aquella vez que estaba el rengo…

Son todo uno: el banelco o el link, la máquina infernal y la trastada por no saber dónde poner el dedo. La espera en la vereda: me desespera y, al llegar a la caja, pierdo las tarjetas y no sé cuál es cuál. La de crédito o la de débito y el numerito de cuatro cifras, que lo inventó mi amigo. Lo juega a la quiniela y yo, hasta dudo de pronunciarlo. !Ah sí, presiento que el cajero lo sabe! No estoy seguro de poner siempre el mismo.

Mientras tanto, mascullo el malestar de mirar para abajo. Es un suplicio enderezarme. Busco caminos calle abajo, porque subir me fatiga… los bultos me agobian y, sin comer, no la paso. Los postizos parecen dientes al revés. Mastico y me duele todo. Como y me siento mal. ¡Ah pero hay que cuidar la higiene, masticar y cepillarse los dientes, bañarse para oler bien, dormir bien y, entonces, todo bien!

-¡Ja, ja! ¿No te lo creés? Ya vas a llegar – lo repito cada día.

No toco nada, ni el instrumento… ¡Si casi no lo encuentro y se tuerce como manguera usada que le dio el sol por la mañana, el mediodía y la tarde! Puedo contarme los pelos y el vello. La ropa me cuelga por todos lados, igual que la piel. El cinturón tiene perforaciones como los tickets del tren y sólo me crecen las uñas, las orejas y la nariz. ¿Para qué? No rasguño como el lobo feroz. Igual que la abuelita, cada vez oigo menos y, como Caperucita, perdí el olfato.

La memoria me flaquea y siempre estoy quejándome. Siempre reviso el vuelto y no sé si está bien. Para no equivocarme, ni saludo. Entonces, están contentos, porque vivirán más. Mucho más que… ¡Qué crédulos! Cuando te toca, te toca. ¿De qué valen los parientes longevos? Tarados, antes no existía el stress, la droga y la violación.

Cuando veo al matasanos, suele decir:

-¡Pero mire que bien está de salud! Lo felicito, amigo.

¡Qué amigo ni que ocho cuartos! Si te leo el pensamiento: “Al otario éste, le queda poco hilo, para qué preocuparlo. Si le receto análisis, tomografías, radiografías, sin olvidar la próstata con todas las isis, malgasto sus últimos años, corriendo tras los resultados y tomando pastillitas. Lo obsesionaría con la duda metódica ¿Que día es hoy y cuál tomar?

¿Por qué siempre sufrís o te duele algo? Vivimos enfermos desde que nacemos. Al principio lloramos, después nos quejamos y, por último, lo soportamos.

-Sentáte, viejo. Parece que te las sabés todas… ¿No estás cansado? – pregunta como siempre.

-¡Y dale con lo mismo! Si no me dejan hacer nada ¿Si no hago nada, de qué voy a estar cansado? Me ofrecen mate, y saben que la acidez me quema. Ni té, ni café, sólo me le arrimo al tintillo ¡y lo tengo prohibido!

-Ay, ¿Dónde estuviste? ¡Te dije mil veces que lleves el celular! – reitera.

¡Para qué! En el bolsillo no lo oigo y la vibración no se conecta con mis neuronas! No entiendo ni la pc, ni la notebuk, ni el skaipi ni el bay woacht. Me hace falta la comunicación diaria, la de voz, el cara a cara y sentir que me aman.

Decime, francamente, si no soy una porquería andando. ¡Carajo, la puta que lo parió!

Sólo los tengo a ellos, siempre a mi lado. Cuando flaqueo, uno me roza la pierna con el hocico, y Fe me envía una bendición, que me contiene.

F i n

Norman Own

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