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Despés de la implosión, comencé a divagar. En el sexto piso, jugaba con "el seis dedos", al fondo del séptimo, con el hermano del pecoso"Miguelito" y en la terraza del noveno, con nuestro gran amigo "el cabezón".

La Vereda del Sol


La Vereda del Sol

Todos los vecinos estaban en balcones y terrazas esperando ver el espectáculo que se anunciaba desde hacía meses. Parado y apoyado en la balaustrada del balcón esperé pacientemente desde muy temprano la llegada de camiones y unos cuantos hombres dirigidos por ingenieros con cascos amarillos que indicaban que estabamos muy prontos a escuchar la gran explosión - que desaparecería producto de una implosion-. El edificio de principios de siglo de estilo neoclásico, ecléctico, finamente ornamentado con aberturas de importantes dimensiones, fachada copiada a los franceses, construida por italianos y habitados por inmigrantes españoles e italianos.

No cabe duda que había sido admirado por transeúntes y vecinos que acariciaban con sus recuerdos los vetustos rincones, sus puertas cinceladas por algún maestro ebanista, las fisuras y rajaduras de las paredes donde pendían los pequeños helechos colgantes junto a una sinfonía de colores policromados que indicaban su decadencia.

Y al fin llegó el momento, desapareció. Nos invadió una gran lluvia de polvo que no hizo otra cosa que alejar apresuradamente a los curiosos del lugar y ante esa circunstancia solo quedó el recuerdo de una gran mole cuyos escombros tardaron varios días en retirar.

La Vereda del Sol
La Vereda del Sol

Al día siguiente recorrí la triste imagen del vacío en un extenso horizonte que ocultara la adusta silueta y pude reconocer en las paredes lindantes, la figura que se remarcaba como latente, indicándome que en determinados lugares de los pisos se podían identificar algunos azulejos, desbeídos colores de pintura y papeles pintados que habían cubierto baños, cocinas y dormitorios.

Fue entonces, cuando mis recuerdos inundaron de nostalgia mi mente y comencé a divagar sin apartar la mirada tratando de encontrar las habitaciones de aquellos pisos en que de mocoso jugaba. Sí, en el sexto piso con “el seis dedos”, al fondo del séptimo, el hermano del pecoso, “Miguelito” y en la terraza del noveno, nuestro gran amigo “el cabezón”.

Que emoción me envolvió al descubrir la línea que demarcaba la terraza del décimo piso, claro - según mis cálculos visuales -, dado que por sobre ésta se dibujaban los escalones que terminaban en un saliente de hierro que sostenía las paredes del ex cuartito del “Viejo”, que aún persistían en permanecer adosadas a la pared lindera. Mis recuerdos me llevaron a sentir inolvidables momentos en que los cuatro sudorosos disputábamos llegar al arco contrario con una pelota que se pinchaba a cada rato porque las baldosas tenían roturas o faltantes.

Todas las tardes nos reuníamos y entre gritos y carcajadas, la pelota o las figuritas, éramos perseguidos por la figura del “Viejo” que desde el piso de arriba blandía con gestos amenazantes el bastón. Su figura era la de un viejo encorvado y gruñón, siempre vestido de negro y con un gran sombrero antiguo de copa que todos nosotros con nuestros ojos de niños lo veíamos como un gran mago al que solo le faltaba la capa negra con forro rojo al viento por levantar vuelo, dado que eso lo deseábamos todos de corazón.

Esto se repetía todas las tardes, al gritar y no descender los pocos escalones que nos separaban, debido al reuma que lo aquejaba. Sus amenazas generalmente provocaban nuestras pullas y risas hasta que alguna persona mayor aparecía en la terraza y todo terminaba como una película de acción del far west donde los indios desaparecían hasta el día siguiente.

La nostalgia por la ausencia de tantas vivencias en aquellas paredes del conventillo, me llevaron casi diariamente a observar hasta el mínimo detalle en las paredes linderas, como el desafiante garfio colgante que Don Julián adosó para colgar a “Perico”, el loro que bocinó que su mujer se besuqueaba con “El Viejo” por las noches antes de guardarlo bajo la escalera. También quedaban como testigos fieles de nuestras andanzas entre las sábanas blancas, los clavos del tendedero ya sea cuando jugábamos a “las escondidas” o a “la mancha”.

Hasta que llegué a repasar horas de mi adolescencia, aquél despertar entre murmullos de la bienvenida pubertad y, aquella noche que por primera vez vi a Nicanora, - la hija de “Doña Fulgencia”. Claro que ese no era el nombre de la pobre mujer y nunca lo supimos de verdad pero nos gustaba a todos la elección por su figura y postura para enfrentar la vida, gozaba de una marcada inmadurez siendo contenida por todos los vecinos desde que su compañero inseparable la abandonara, que según mi madre lo de inseparable se debía a su aflicción a la botella.

Nicanora era la hija de la vejez y de una belleza inigualable con cara de ángel y cuerpo de serpiente porque lo paseaba contorneándose por pasillos y escaleras cautivando tanto a pantalones cortos como largos. Ellas tenían vivienda compartida en el primer piso a la calle con balcón y se quejaban de no ver el sol, de allí que estarán en mis oídos por siempre presentes las palabras de mi padre,....” una casa siempre debe estar bien orientada mirando al este”.

Entonces, cuando yo abrazaba a Nicanora le decía que ella alumbraba mi vida. Hoy, vivo junto a ella..... Pero en la vereda del sol.

F I N

Norman OWN

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