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La luz de la lámpara adornaba todo mi cuarto con un reflejo amarillento que refleja lo que a esas altas horas de la noche no se puede ver. Mi bisabuelo la había comprado en sus últimos años antes de morirse de una enfermedad fatal, y ahora esta era la única que me mantenía vivo, sin dormirme.

El Sueño Conocido


Más allá del universo

  • Era una noche de frío y lluvia

La luz de la lámpara adornaba todo mi cuarto con un reflejo amarillento que refleja lo que a esas altas horas de la noche no se puede ver. Mi bisabuelo la había comprado en sus últimos años antes de morirse de una enfermedad fatal, y ahora esta era la única que me mantenía vivo, sin dormirme.

Mi cuarto era un poco pequeño pero tenía muchas cosas que lo hacían cálido y particular, además de los objetos y recuerdos significativos para mi y mi familia que llevo allí adentro. La ventana a la derecha de mi confortable cama con estufas que se podían apoyar en mi cuerpo, era una razón para mis sentimientos de todas las noches.

La calle y el cielo se veían todas las noches distintos. Había días donde la calle estaba solitaria y se veía gente caminando sola mientras la luna no aparecía y no les daba oportunidad de tener compañía alguna más que su cigarro que poco a poco se apagaba como ellos.

Otras noches la luna salía pero discriminaba, ya que solo aparecía para aquellos que van de a dos, aquellos que se ven solo a ellos y a su camino, camino por el cual no hay piedras, sino suave pasto, que los mantiene en su lecho de amor. Las noches eran más felices cuando yo estaba en compañía. Allí la noche se transformaba en día y la luna se transformaba en un sol de fiesta donde lo único que había que hacer era levantar la copa y festejar.

Festejar la compañía y los éxitos que elevan hasta el mismo cielo. Festejar la confianza y seguridad que da la vida. Lo contrario a las noches más tristes, donde la luna se veía pero muy lejos. Lejos donde es muy difícil de alcanzarla y donde los sentimientos se encuentran. Donde los recuerdos vuelven como aves solitarias.

Recuerdos que me estremecían de sufrimiento y otros que me llevaban de viaje y que me hacían revivir los momentos tan felices vividos, donde lo pasado volvía al presente, pero luego eran atrapados por la ceguera de la tristeza y la soledad. Las noches podían ser de todo tipo, pero siempre serían noches, y yo siempre sería el mismo.

Esa noche mis ojos veían letras y letras en un libro que ni siquiera recordaba el nombre, y esas letras negras, todas iguales en forma, se transformaban en imágenes de colores intensos, en especulaciones y recuerdos. Es increíble como se puede estar en muchos lados al mismo tiempo, como lo negro se puede transformar en blanco y como lo inmóvil comienza a moverse en reproducciones sin fin que traen sentimientos ambiguos que se encuentran y explotan provocando sollozos y sonrisas que se dicen y contradicen. Esa noche las letras coloridas en ese libro grande como un mundo solo imaginaban que podía haber dentro de la caja intraspasable y misteriosa que descansaba al lado de mi cintura y pedía a gritos ser abierta y descubierta para rebelar su pena.

Siempre me he preguntado porque el ser humano muestra una tendencia a explicarse todo aquello que no entiende asignando Dioses divinos a la lluvia, al crecimiento de las plantas, a la vida y la muerte. A medida que el tiempo pasa, sus investigaciones se han vuelto más sofisticadas, se dan respuestas más acertadas y convincentes, pero todo el tiempo se abren nuevos enigmas. Muchas noches en mi cuarto me la pasaba preguntándome y repreguntándome acerca de cómo se crearon las cosas, que hay más allá del universo, que es la muerte. Pero estas cosas cambiaban, iban y venían. La única duda que pensé que siempre me quedaría, sería la de mi hermano. No lo pude conocer, si es que de verdad existió, ya que según me contaron mis padres, estaba viviendo en otro país, muy lejano, y yo nunca tendría la posibilidad de conocerlo aunque quisiera.

Esta caja había aparecido en mi puerta a la mañana cuando me desperté. No pude parar de pensar en ella todo el día. 

Sólo esperaba que ese contenido sea lo suficientemente interesante como para sentir que mi espera, mi paciencia y mi devoción valieron la pena…

Las agujas marcaban ya las doce de la noche, luego de tantos giros, pensé que la hora había llegado. Su tapa color mostaza, tramaba y ocultaba algo que cada vez me llamaba más la atención. Los húmedos dedos de mi mano derecha la acariciaron, y mi otra mano abrió lentamente la tapa, como si un bebe estuviera dando a luz. Dentro había fotos y muchas hojas escritas. En las fotos se podía ver un hombre, sosteniendo en brazos un bebe, este hombre no era muy distinto a mi.

Levanté la primera hoja, y comencé a leerla: “1980, era una noche de frío y lluvia, y Edmundo dio sus primeros pasos  

Matías

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