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Alvaro, hijo de Dios

Alvaro en la playa

  • El, su perro y su destino

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Algo de carisma había en Alvaro. No todos la tienen. Se puede desagradar en todos los aspectos pero se puede caer en gracia de igual manera. Es solo una cuestión de miradas. De sonrisas. De labia.

Yo acababa de bajar a la playa y estaba sentado en la orilla fumando el último cigarro que quedaba en la caja. Esperando la suave tortura de todos los días. Esperando a seguir esperando, como todos lo hacemos. El sol alumbraba nuestra existencia y las olas golpeaban una y otra vez contra la arena. Sentía sus ojos posados en mi. Sabía lo que mi desconocido compañero de espera quería.

  • Disculpe amigo, no se vaya a enojar, pero vi que estaba fumando, y yo le quería pedir un cigarro si no era mucha molestia. Sabe que me acabo de caer al piso mientras venía, por eso miro para atrás. Con algo tropecé. Mi nombre es Alvaro, hijo de dios. Un gusto.

Hay personas que no necesitan decir nada mas que un par de oraciones. Alvaro necesita fumar. Alvaro va a fumar.

  • Si, hermano. Apenas termino este cigarro voy a conseguir más y le voy a traer. No se va a quedar sin fumar.

  • ¿No me está mintiendo? Porque muchos me dicen "sí, ahora vengo y te traigo" pero después nunca vuelven. Ya conozco esas palabras.

  • Confíe en mi. En un rato voy a estar acá con cigarros.

  • Bueno muchas gracias señor, que dios lo acompañe. Lo espero. Estoy acá con mi perro y no le hago daño a nadie. Somos él y yo. Pero la policía me quiere echar. Me quieren sacar y mandarme a la capital. Gracias mi amigo.

Lo observé unos minutos mientras me iba. Su pelo negro y sucio quedaba inmóvil ante el viento y su ropa pedía a gritos salir de su piel. Se sacaba la remera y corría al mar una y otra vez. Algunas veces con su perro en brazos y otras solo él. Un hundimiento en su estómago indicaba algún puntazo en alguna otra vida. No tardé en imaginarme historias de cómo habría sido. Sus tatuajes que tapaban sus brazos estaban ya gastados y borrosos, y su voz ronca y cansada caía contra el viento como la saliva caía con cada palabra. Era más parecido a un bebé que a un adulto. Era tal como aquella profesora me había descrito una vez frente a toda la clase: un bebé metido en el cuerpo de un adulto. Su perro no parecía estar disfrutando del agua, pero sí parecía quererlo. Él le gritaba algún sinsentido y lo volvía a alzar y lo tiraba al agua como si fuera una pelota. El perro volaba por el aire, caía, y comenzaba a nadar con sus cortas patas lo más rápido que podía hacia la orilla. Era una secuencia para ser vista.

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Dejé de lado esta escena y caminé la cuadra que nos separaba de la mina de adicciones. Puse el billete que nos separaba de nuestra adicción y obtuve lo más preciado para mi y para él en ese momento. Alvaro y yo teníamos cigarros. Alvaro y yo podíamos esperar en paz. O así parecía antes de ir a su encuentro.

La presencia de la policía nunca puede traer buenas noticias. La misma imagen de un policía no suele venir acompañada de una buena noticia. A no ser que sea algo como: "señor, encontramos su billetera con todos sus documentos pero sin plata" o "encontramos al culpable del asesinato de su hija" o "la droga se la puedo dar yo mismo si me da la plata a mi". Pero este no era ninguno de esos casos.

La sangre se veía a los pies de la rueda trasera del patrullero. Su color intenso hablaba del horror. Me acerqué firme y lentamente y hasta que logré ver mi cara reflejada en el charco de sangre. Mi cara y el interminable cielo atrás. La ventana trasera del patrullero estaba rota, y Alvaro, el hijo de dios, tirado boca abajo sin mover un músculo. Sus piernas y brazos abiertos como si hubiese querido ocupar la mayor cantidad de espacio en la tierra al caer, y los vidrios de toda una ventana dispersos alrededor de su cabeza, como si fueran el aura de uno de esos ángeles que aparecen en las películas. Eso era todo para Alvaro en este vida.

  • Parece ser que la policía lo quiso llevar a la comisaría. Entre cuatro no podían retenerlo. Y cuando lo hicieron, comenzó a pegarse la cabeza contra la ventana del auto, gritando que no quería que lo llevaran porque apenas llegara a la comisaría le iban a pegar hasta matarlo. Decía que ya había pasado por eso.

Eso fue lo que me dijo una amable vecina que había visto todo el episodio. Tenía un vestido de esos en los que se puede ver lo que uno busca ver, y a su hija de algunos meses en los brazos.

Me senté nuevamente en la orilla a fumar un cigarro tras otro. El sol siguió alumbrando nuestra existencia, las olas siguieron golpeando contra la arena, y el perro de Alvaro caminaba solo buscando una explicación. Oliendo todas las marcas de los pasos que habían dado juntos al entrar y salir del mar.

Matías


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